definición de la Rae
Desacato. (De desacatar). 1.m. Falta del debido respeto a los superiores. 2.m. Irreverencia para con las cosas sagradas.
La literatura o es desacato o no es nada (creo)
La literatura o es desacato o no es nada (creo)
martes, 12 de marzo de 2013
brevedad
Ultimamamente no soporto los libros gruesos. Aprecio, sin embargo, aquellos que buscan la brevedad, la sutileza, el decir más con menos, el aligerar peso, la obra muerta, los que navegan o vuelan con ligereza por nuestro tiempo de lectores. Así gana enteros en mi aprecio el relato breve, el cuento, la novela corta, el poema, el apotegma, el aforismo, la sentencia, y lo pierden para siempre esas novelas a las que les sobran 200 páginas de inanidad y paja.
domingo, 24 de febrero de 2013
UN POEMA LLAMADO YUGOSLAVIA
Yo quería ser yugoslavo,
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión,
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir a cenar borsch y vino de primorska,
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata sin aparente esfuerzo.
Yo quería ser de esos tipos que les robaron a los yankis su juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.
Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante muchos años mantuve viva esa ilusión precisa,
hasta los veintitres años exactamente,
en que me la quitaron a fuerza de muerte y estupidez rampante,
y me dejaro huérfano y helado contra los muros del fango.
Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una imagen elocuente:
“chetniks en al bosque, hay chetniks en el bosque”
Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo
(ya no quiero ser nada)
sí quiero ser como Mirza Delibasic,
porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,
aunque bien pudo hacerlo,
pues estaba enfermo,
y sus amigos españoles no dejaron ni un día de llamarle.
Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.
Yo quiero ser como él:
lanzar a canasta desde una silla de ruedas,
lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,
en un solar donde crecen crisantemos,
mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como un cisne invencible
Yo quería ser yugoslavo,
igual que Mirza Delibasic,
y jugar al baloncesto al estilo de Ljubliana,
es decir,
con elegancia, sagacidad y precisión,
y tener una novia eslava,
vestida de konsomolski los sábados por la tarde,
justo antes de ir a cenar borsch y vino de primorska,
y ser independiente de Moscú,
y ganar muchas medallas de oro y plata sin aparente esfuerzo.
Yo quería ser de esos tipos que les robaron a los yankis su juegos patrimoniales,
la llama y la elocuencia del básket posmoderno.
Sí, yo quería ser yugoslavo,
y durante muchos años mantuve viva esa ilusión precisa,
hasta los veintitres años exactamente,
en que me la quitaron a fuerza de muerte y estupidez rampante,
y me dejaro huérfano y helado contra los muros del fango.
Durante mucho tiempo pobló mis pesadillas una imagen elocuente:
“chetniks en al bosque, hay chetniks en el bosque”
Pero aunque ya no quiero ser yugoslavo
(ya no quiero ser nada)
sí quiero ser como Mirza Delibasic,
porque él nunca abandonó la ciudad de Sarajevo,
aunque bien pudo hacerlo,
pues estaba enfermo,
y sus amigos españoles no dejaron ni un día de llamarle.
Nunca abandonó a sus hermanos martirizados.
Yo quiero ser como él:
lanzar a canasta desde una silla de ruedas,
lanzar a canasta desde una tarde de la infancia,
en un solar donde crecen crisantemos,
mientras la ciudad se derrumba a nuestro lado como un cisne invencible

martes, 19 de febrero de 2013
LA NOCHE MÁS OSCURA DE SUS ALMAS
Durante varios años viví en Lavapiés. Todos los días cogía un tren en Atocha, a las 8:02. Venía de Alcalá de Henares y su destino era Cercedilla. No era raro oír en ese tren el idioma polaco, con sus imposibles fonemas sibilantes, así como el árabe del Magreb, el rumano, el búlgaro y, por supuesto, el castellano. Yo amo todos los idiomas. Ninguno me sobra. Me gustan sobre todo cuando madrugan, llevan pegada pereza de sueño.
El 11 de Marzo de 2004 yo no estaba allí, pero muchas de las personas que se expresaban en esas lenguas sí que estaban. Ninguna de ellas parecía que tuviese cuentas en Suiza. No creo que nadie les hubiese regalado nunca un porsche. Tampoco parecía que tuvieran asuntos importantes que dirimir con ningún irakí. Más bien eran trabajadores sumidos en sus agobios cotidianos. Muchos de ellos fueron asesinados.
En los días sucesivos recuerdo un Madrid emocionante. La gente en pie de guerra pedía a gritos la verdad, buscaba el contacto de los otros, rodeaba las sedes de los que nos habían llevado a aquella guerra con mentiras baratas, pese a la oposición del 93% de la población, y que ahora intentaban disimular su responsabilidad con el objeto de ganar una mierda de elecciones. Yo no creo en dios (ya me gustaría; sería todo más fácil); ellos, sin embargo, se declaran cristianos. Espero que su dios les perdone, porque yo no pienso hacerlo.
No pienso hacerlo porque no asumieron su responsabilidad; porque cada día aumentaban la indignidad con nueva mentiras ridículas, sustentadas en nada; porque no pidieron perdón; ni dimitieron; ni se apiadaron de los miles de inocentes que murieron como consecuencia de aquellas batallas ingloriosas. Ni una palabra les han dedicado, ni el más pálido o cicatero homenaje en el país de la fiesta y el dispendio. Sí recuerdo, sin embargo, la únanime ovación de su bancada cuando el parlamento aprobó la intervención española en el conflicto, al lado de Estados Unidos y Gran Bretaña, como si fuéramos alguien. Siempre están haciendo el ridículo, lo que no les impide poner también la mano lisonjera.
Hoy Pons ha vuelto a abrinos las carnes, las heridas (ayer fue Arenas). Su discurso era tan ridículo que por un momento la risa nos ha hecho olvidar la sangre derramada. Pero solo ha sido un momento. Luego nos hemos puesto firmes y les hemos escupido a las palabras.
Durante varios años viví en Lavapiés. Todos los días cogía un tren en Atocha, a las 8:02. Venía de Alcalá de Henares y su destino era Cercedilla. No era raro oír en ese tren el idioma polaco, con sus imposibles fonemas sibilantes, así como el árabe del Magreb, el rumano, el búlgaro y, por supuesto, el castellano. Yo amo todos los idiomas. Ninguno me sobra. Me gustan sobre todo cuando madrugan, llevan pegada pereza de sueño.
El 11 de Marzo de 2004 yo no estaba allí, pero muchas de las personas que se expresaban en esas lenguas sí que estaban. Ninguna de ellas parecía que tuviese cuentas en Suiza. No creo que nadie les hubiese regalado nunca un porsche. Tampoco parecía que tuvieran asuntos importantes que dirimir con ningún irakí. Más bien eran trabajadores sumidos en sus agobios cotidianos. Muchos de ellos fueron asesinados.
En los días sucesivos recuerdo un Madrid emocionante. La gente en pie de guerra pedía a gritos la verdad, buscaba el contacto de los otros, rodeaba las sedes de los que nos habían llevado a aquella guerra con mentiras baratas, pese a la oposición del 93% de la población, y que ahora intentaban disimular su responsabilidad con el objeto de ganar una mierda de elecciones. Yo no creo en dios (ya me gustaría; sería todo más fácil); ellos, sin embargo, se declaran cristianos. Espero que su dios les perdone, porque yo no pienso hacerlo.
No pienso hacerlo porque no asumieron su responsabilidad; porque cada día aumentaban la indignidad con nueva mentiras ridículas, sustentadas en nada; porque no pidieron perdón; ni dimitieron; ni se apiadaron de los miles de inocentes que murieron como consecuencia de aquellas batallas ingloriosas. Ni una palabra les han dedicado, ni el más pálido o cicatero homenaje en el país de la fiesta y el dispendio. Sí recuerdo, sin embargo, la únanime ovación de su bancada cuando el parlamento aprobó la intervención española en el conflicto, al lado de Estados Unidos y Gran Bretaña, como si fuéramos alguien. Siempre están haciendo el ridículo, lo que no les impide poner también la mano lisonjera.
Hoy Pons ha vuelto a abrinos las carnes, las heridas (ayer fue Arenas). Su discurso era tan ridículo que por un momento la risa nos ha hecho olvidar la sangre derramada. Pero solo ha sido un momento. Luego nos hemos puesto firmes y les hemos escupido a las palabras.
lunes, 18 de febrero de 2013
TECHOS
En este país, o lo que sea, hay plazas de toros con techo y mucha gente sin techo. Lo del derecho a techo iba por las plazas de toros, amigos. Por ello, el parlamento español votará la semana que viene a favor de considerar a los toros como Bien Cultural, es decir imprescindible, básico, y a continuación votará a favor de considerar a los desahuciados como carne de cañón bancaria. Todos esos ilusos que se compraron un piso, que luego fueron despedidos como consecuencia de los dislates neoliberales, y de su posterior ofensiva, tiene en común algo con la sagrada fiesta de los toros: unos han de ser sacrificados para que otros se diviertan. Al menos, en los toros, el ejecutor se juega la vida; y si el toro arremete contra él, no llama a la policía para reprimir el derecho más básico que asiste a cualquier hombre, mujer o bicho viviente: la autodefensa
jueves, 6 de diciembre de 2012
¿corsarios?
Hace ya tiempo que Mark Knopfler
se fue a los USA. Allí se calzó las botas de cowboy y ajustó su guitarra a
los tonos del country. Los resultados
fueron estupendos. Y no es que los de antes fueran malos, más bien al
contrario, pues de pocos puede decirse que nacieran con esa decidida vocación de clasicismo. Quizás
sí de Mark Knopfler y sus Dire Straits. En medio de la irrupción del punkrock,
de sus acordes desgarrados y sus puñetazos al estómago, ellos parecían como un
cuarteto de cuerda salido de Heilderberg. Lo suyo era una elegancia sofisticada,
algo barroca, que reinventaba el poprock desde la fe en el virtuosismo y las
canciones impecables, cuando eso ya no se llevaba. Y sin embargo,
triunfaron.
Pero Mark iba más allá,
no se conformaba con colocar temazos en la historia del rock, canciones sólidas
como estatuas, como óperas solemnes, cosas al estilo de Sultans ofSswing, Romeo and Juliet
o tantas otras; sino que inventó un sonido y un estilo característicos,
reconocibles a la legua, que es lo mejor que puede decirse de un guitarrista.
El nos enseñó lo expresiva que puede ser una guitarra eléctrica pulsada sin
púa, acariciada sólo por la piel de un
pulgar infatigable, convertido en arma de precisión. Al mismo tiempo, halló una
posición inexplorada en la palanca de las pastillas, ésa que se encuentra a
mitad de camino entre los agudos y los medios, para inventar desde allí el
inconfundible y legendario timbre de su stratocaster.
Luego Dire straits se fueron
diluyendo (se separarían finalmente en 1996), y Mark emigró a los sonidos del
oeste. También al silencio. El guitarrista barroco descubrió de pronto las
virtudes de la contención, y sus mejores notas fueron aquellas que no tocaba,
que sólo sugería o insinuaba en sus austeros punteos. Esas notas se convertían
en deseo. Era finalmente el oyente quien las imaginaba para completar una frase
perfecta. Ese fue su estilo en obras como el ya mítico Neck and Neck, junto al
catedrático del country Chet Atkins, o el no menos extraordinario proyecto de Nothing Hill Billies, abigarrada formación
de countrymen inquietos. De su etapa en solitario cabe recordar Sailing to Philadelphia, milagrosa
canción interpretada a dúo con James Taylor, y que resume en cierto modo sus
virtudes máximas: la contención, la sensibilidad, la lírica.
Ahora saca un nuevo disco, un
doble Lp de sugerente título: privateering,
algo así como jugando a los corsarios. Y algo de eso hay. Knopfler se concede
patente de corso para recalar en diversos puertos (country, blues, rythm&blues,
celta, pop) y llevarse de allí lo que convenga. Con el botín en la bodega,
compone un puñado de canciones no excesivamente brillantes, salvo excepciones.
Predominan los tempos lentos, la alternancia caprichosa de estilos, una
monotonía desabrida en los arreglos, las letras banales (nunca destacó Mark por
ellas, pese a que estudió literatura; o quizás por eso), las guitarras añejas,
los estribillos intrascendentes. No le beneficia la mezcla de estilos. En un
tema suenan gaitas irlandesas y en otro armónicas del Mississipi, y nunca sabemos
muy bien a qué diseño obedece esa mezcla. La sensación es que la mayoría de las
canciones están de más, y que serán olvidadas antes de que se funda su último
acorde. Sólo un par de ellas permanecen en la memoria, la que da título al
álbum y, sobre todo, Dream of the drowned
submariner, pequeña joya sostenida
por un recurso impensable en Knopfler:
la irrupción de un clarinete. Asombra la magia que es capaz de introducir este
instrumento en un contexto ajeno. Su dulzura permanece mucho tiempo en los
labios. Sólo por eso quedaría justificado este trabajo del viejo maestro. El
resto del álbum es sólo relleno para incondicionales.
miércoles, 31 de octubre de 2012
Velas
Estuvimos en la Palma. Habitamos una casa de piratas. Recorrimos una dorsal de volcanes. Subimos montañas negras. Otras veces de la lava brotaban pinos ignífugos, con alcorques de pinocha roja. El fuego respeta a esa especie: la quema, pero no la mata. La vida hace el resto: de lo negro sale lo verde; y de lo verde, lo rojo.
Nos gusta caminar alrededor de los volcanes, sobre su vórtice. Miras adentro e imaginas el mundo naciendo a borbotones. Es extraño estar sobre una isla que antes no existía, que salió del mar como una enorme pescadilla de fuego y ruido. La última erupción es reciente: 1971. En aquella ocasión la isla ganó muchas hectáreas al océano. Sobre esa nada crecen ahora infinitas plataneras, meciendo sus enormes hojas de árboles sin memoria.
Nos gustaban las casas. En canarias adoran la madera. Son artistas de las balaustradas, los artesonados y las ventanas. Aquí éstas eran de guillotina. Se juntaba la arquitectura del norte con la del sur. Y esto porque en su día vinieron a la isla muchos flamencos: de Gante, de Amberes, de sitios así. Un viajero antiguo había dicho que algunas calles le recordaban a Holanda.
Ahora viven del turismo y los plátanos. Vienen holandeses, pero, sobre todo, alemanes. Algunos se quedan. No me extraña. Como apenas hay playas, la isla es muy tranquila, coqueta, recatada, de ritmo lento y acariciante. Te pones a mirar hacia el oeste, hacia miles de kilómetros de océano, y es como mirar a los ojos del olvido. Es lo que tienen algunas islas: se sustraen a la locura del mundo. O eso parece. En la literatura son muchas veces microcosmos de felicidad. En otras ocasiones, sucursales del infierno. ¿Qué contarían los guanches, los antiguos habitantes de la isla, ya desaparecidos, si la vieran ahora? Probablemente, nos hablarían de cómo todo puede cambiar en un momento, en ese momento en que aparecen de repente, en el horizonte, velas de barcos. Nos dirían que aquello que parece estable, definitivo, no lo es en absoluto, que puede desaparecer en el transcurso de unas pocas semanas. Para siempre.
Pero de ellos no queda nada. Para ellos, La Palma, la Isla bonita, es definitivamente una isla perdida.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Los muy chinos
Los chinos son muy útiles. Sirven para olvidar las crisis y fabrican cosas baratas. Los chinos evaden impuestos y salen en la tele como gentes insidiosas, a diferencia de los que fabrican Sicavs en las esquinas, esas sociedades elegantes y españolas de evasión masiva de capitales.
De un chino con grilletes se puede esperar cualquier movida, todo tipo de desmanes chinos orientados a sabotear nuestras finanzas. Sin embargo, de esas gentes de mantilla y loden, españoles de bien, enriquecidos a través de la construcción de infraestructuras cleptómanas (aves, aeropuertos, ciudades de la cultura) sólo cabe esperar parabienes y patriotismo galante.
La poli ha dicho que esta redada contra la mafia china aliviará la crisis española, ya que el fisco recaudará lo suyo a partir de ahora, y mejorará la competencia. Sólamente les faltó decir que no otra cosa esperaba el BCE para aliviar la presión sobre la deuda. Ahora que ya no están los chinos, pero llega Eurovegas, esto va a ser un jodido paraíso.
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