definición de la Rae

Desacato. (De desacatar). 1.m. Falta del debido respeto a los superiores. 2.m. Irreverencia para con las cosas sagradas.
La literatura o es desacato o no es nada (creo)

martes, 4 de marzo de 2014

Ucrania

75 años después, Kiev amanece con pintadas antisemitas en sus muros. No sabemos quién, sospechamos quién, pero desde Europa alguien ha sido excesivamente complaciente con los grupos neonazis que han aprovechado el descontento popular para izar de nuevo la svástica en Ucrania, la tierra donde empezaron a actuar los Einsatzengruppen, de infame recuerdo. Al mismo tiempo, mientras se rehúye esa complicidad con la vertiente más siniestra de la revuelta, el putsch o lo que sea, Obama amenaza a Rusia con sanciones por violar la legalidad internacional, él que, en efecto, nadie tiene que ver con los drones asesinos, los guantánamos asesinos y otras menudencias sin importancia, cosas todas ellas que al parecer no violan legalidad internacional alguna. Por el otro lado, Rusia se ha apresurado a invadir de facto la península de Crimea, alegando peligro para los rusos étnicos que allí viven, como si las tropas rusas acantonadas en Sebastopol no fueran suficiente disuasión ante cualquier tentación de progromo. El gobierno oficioso de Kiev, por su parte, que alberga en sus filas a varios ministros filonazis, no se corta un pelo y prohíbe el uso de la lengua rusa y de paso también de otras como la húngara y la rumana, minorías todas ellas que se tienen que sentir ahora más seguras, reconfortadas y prestas a entablar diálogo con las nuevas autoridades. Europa, que siempre vela, como todos sabemos, de forma escrupulosa, por las formalidades democráticas, enviando observadores a todos los rincones del orbe para certificar purezas electorales, se apresuró a reconocer a un gobierno no electo, surgido de la confusa revuelta, cosa que al parecer sí es una muestra de acatamiento de la legalidad internacional. Aquí, cada uno va a lo suyo, y cultiva sus obsesiones con esmero. Así pudimos ver al ministro español de exteriores especialmente preocupado por la preservación de la unidad territorial de Ucrania, no vaya eso a servir de ejemplo a los revoltosos catalanes y vascos, quienes pudieran sentirse tentados de pedir tanques rusos en apoyo de sus obsesiones. Por último, observadores internacionales hay (o lo que sean) que sostienen que esta partida de ajedrez tiene más largo alcance y busca finalmente la desestabilización de Rusia, su desmembramiento en varias entidades manejables, puesto que Rusia no deja de ser un rico imperio en materias primas y tierras ajeno a la globalización capitalista dirigida desde Washington. ¿Y China? ¿Qué dice China de todo esto? Sabemos lo que decía Isaac Babel de su tierra de nacimiento, Odessa. Hablaba de lo fácil que es matar a los débiles, de lo fácil que fue matar a su abuelo en el progromo de 1905, de cómo todo eso al final no importa nada, de que la historia sigue y seguirá su curso de animal insuficiente y desollado.

viernes, 21 de febrero de 2014

Natación

Merlo, quizá no sepan nadar, pero cruzaron el desierto y no iban en 4x4, como esos pijos del Rally Paris-Dakar a quien tanto admiráis, esos pijos que ahora hacen el cretino en Argentina porque Africa al parecer es demasiado peligrosa para sus chorradas. Quizá no sepan nadar, Merlo, pero aguantaron años a pan y agua en el monte Gurugú, el agua helada de los inviernos y el pan de los vecinos marroquíes, que no son católicos, ni ricos, pero que les daban de comer lo poco que podían. No saben nadar, porque en Mali no hay piscinas climatizadas, pero han aguantado a pie firme el acoso de la policía corrupta de Mohamed VI, el hermano entrañable de nuestro rey, las palizas, el desprecio y el robo sistemático de sus pequeñas pertenencias. Sí, no saben nadar, Merlo, pero lo mismo se tiraron al agua pensando en una vida mejor. No sabían que aquí, a este lado del paraíso, hay gente como tú, que corrompe y ensucia lo que toca con su desprecio infinito, su bochornosa ingnorancia y su ridícula altanería de pijos crueles. Para mí, esos muchachos, son el único equipo de natación que merece la pena, el único equipo por el que sacaría una bandera y la haría ondear hasta el grito. Esos muchachos, Merlo, que no saben nadar, pero que nadan, aunque les disparen bolas de odio. Ese Dream Team de la copa mundial de la Dignidad.
http://blogs.publico.es/davidtorres/2014/02/21/se-ahogaron-solos/

domingo, 12 de enero de 2014

Siglo XIX


Por insuficiencia o avería de las tecnologías (cámaras rotas, teléfonos reviejos) salimos a cuerpo por caminos de escarcha. No llevamos con nosotros ningún instrumento de reproducción de imágenes, salvo las palabras. Así empieza esta crónica. Al pie de Ayllón, en Segovia, se alza un robledal inmenso. Es roble melojo, de poco porte, incapaz de desprenderse de sus hojas naranjas, quebradizas, que le acompañarán durante todo el invierno. Luego la llanura se reseca, y la marga se aclara. Sobre ella crecen orgullosas las sabinas, algunas milenarias, con olor a sándalo. Hay también quejigos pequeños y encinas distinguidas. Sobre un cerro, rodeado de ríos, está Maderuelo, un pueblo medieval, asombroso, con murallas de sillares, arcos, portones, iglesias, pequeñas plazas y una catapulta orientada inútilmente hacia los buitres. Sí, está lleno, más que en ningún sitio en Europa, dicen. Al día siguiente recorremos las hoces del Riaza, en cuyos farallones de 150 metros se refugian las aves carroñeras. Si miras a los riscos, parece un aeropuerto en plena actividad, con decenas de aeronaves entrando y saliendo de los nidos, construidos en cuevas y resaltes. La caliza aquí es dorada, por eso muchas casas son doradas. Por eso es todo tan bonito. Desde la parte más alta de los cortados, vemos sierras nevadas. Ayllón, sí, y también el Urbión, el Moncayo y el Guadarrama. Si miras al macizo más cercano, Ayllón, ya no necesitas ir a Wyoming, a las Rocosas, eso que te ahorras. De vuelta al pueblo, una mastina nos adopta, nos lleva a todas partes, nos muestra orgullosa a las pocas personas que viven por aquí. En el único bar abierto, hay un anciano con la cara surcada de arrugas profundísimas, un extraño gorro verde, pantalones de obrero y las típicas zapatillas de andar por casa, unas pantuflas a cuadros, como las de mi abuelo. Nos dice que la perra se llama Zarza y es la mascota municipal, muy buena persona. Sólo teme que la pille un coche, algún dominguero o así. Sólo eso. Me parece un tipo fascinante, un conversador extraordinario. ¿Cómo será su vida?
Al día siguiente pretendemos subir el pico del Lobo, la mayor altura de Ayllón. Es un gusto volver a calzarse los crampones, oír como cruje la nieve bajo ellos. Primero subimos por un bosque umbrío, pero al salir a la cuerda la nieve deslumbra. No me he traído las gafas de nieve, olvidadas en algún cajón. Mejor darse la vuelta que perder los ojos. Esto sólo significa que hay volver pronto, muy pronto, a estos lugares de frío siberiano y perros hospitalarios.

sábado, 4 de enero de 2014

Teoría de la novela


Esto es arte vivo, la teoría narrativa de Stendhal llevada a la acción: el espejo al borde del camino. Pero no ya del camino, sino del madero, del policía borde. El espejo en la calle.  Mírate, mira en qué te has convertido. La etimología de esos verbos, reflejar, reflexionar, es la misma. Del verbo reflectere, formado por el prefijo re (hacia atrás) y el verbo flectere (doblar, desviar), es decir mirar hacia atrás, hacia dentro, volver a mirar, volver a mirarse. 

Shackleton

Mientras en Europa se mataba mucho, a mano y a máquina, en el culo del mundo un puñado de hombres escribían sobre el hielo la gran lección: podemos vivir juntos, podemos sobrevivir juntos.

http://blogs.publico.es/davidtorres/2014/01/03/la-odisea-polar-de-shackleton/

1914


Recordemos las trincheras del 14 para saber una vez más el grado de abyección que puede alcanzar el ser humano; la capacidad de opresión que unos pocos pueden desatar sobre millones; el repugnante fetiche del patriotismo, ocultador casi siempre de las razones más sórdidas; la alegría infantil de los súdbitos ante la guerra, imbuidos de prejuicios y desprecio ante el Otro demonizado, el enemigo secular, señalado, ignorantes de que el enemigo real es el de casa, el de clase, no el paisano de otro idioma; recordar el matadero que fue una Europa abierta en canal por miles de trincheras supurantes de jóvenes asesinados; recordar al mismo tiempo los salones de los reyes, los mapas de los generales, la codicia obscena de los banqueros, las bandas de música patriótica adornando la metralla y el sacrificio infinito. Aprender de una vez y para siempre que esa guerra fue el inicio de la siguiente, y la siguiente, y la siguiente, esa que ahora continúa con música distinta pero con la misma letra .

lunes, 11 de noviembre de 2013

Chirbex 35

Para calibrar el alcance de la última novela de Rafael Chirbes, En la orilla (Anagrama 2013) habría quizá que compararla con aquella otra que publicara en 1996, La larga Marcha, recordada entre otras cosas por la haber sido fulminada sin miramientos por Ignacio Echeverría y defendida, también sin miramientos, y de manera emocionante, por un Muñoz Molina de otro época. Aquella admirable novela del 96 mostraba una mirada más compasiva que inclemente (al contrario que esta de ahora), una mirada que, como señalaba, Muñoz Molina, poseía de sobra "el arte para contar las vidas y los sentimientos de los trabajadrores" y "una percepcion de las formas más escondidas de ternura" que juntaba delicadeza y compasión. Se abría aquella  novela  con un nacimiento esperanzador en el seno de una humilde familia. La de ahora comienza, sin embargo, con el hallazgo de una cadáver en un cañaveral, un cadáver que los perros despedazan. La larga marcha estaba contada desde un narrador omnisciente, casi decimonónico, que ordenaba el discurso narrativo desde la certidumbre, o la esperanza, de que el mundo fuese finalmente ordenable, codificable, comprensible. En la orilla tenemos, por su parte, monólogos sordos, centros de conciencia que básicamente aullan lo incomprensible, lo fragmentario, los despezadado, como los restos de ese cadáver que los perros esparcen en el muladar en que se ha convertido la laguna a la que alude quizá el título, otrora paraíso de la infancia del principal protagonista y ahora vertedero ilegal y hasta cementerio. Este es ahora el mundo, así debe expresarse, parece decirnos Chirbes desde un desencato que él mismo ha calificado de apocalíptico. Un mundo donde la lucha colectiva de los militantes antifranquistas de La larga marcha ha dado lugar a voces inconexas, heridas, a cuerpos que se saquean sin tregua, a una laguna hermosa convertida en vertedero de  escombros personales y colectivos, como metáfora siniestra de la España de la burbuja y el saqueo. Ese ha sido nuestro destino, lo que hemos creado, porque, si en La larga marcha el enemigo aparecía definido, coherente -el franquismo-, ahora no es así, ya no es tan fácil, el enemigo está en casa, en cada uno de nosotros, en esa parte de nosotros que hemos entregado sin lucha a los brillos del capitalismo, a la comodidad, a la irreflexión o a la irresponsabilidad. Crítica ésta de la que ni el propio autor pretende escaquearse, pues buena parte de su vida profesional aparece zaherida a cuenta de uno de sus personajes, Francisco, quien ha profesado el periodismo gastronómico en una revista tan elitista como banal, exactamente igual que el propio Chirbes.
Las otras novelas de Chirbes, las que separan las dos que aquí nos ocupan, dan cuenta de ese corte amargo entre ambas, ese corte que expresa la traición de toda una generación a los valores de democracia y justicia que un día los sostuviera frente a Franco, es decir,  una crónica de algo parecido a la Transición, de la que Chirbes se erige como uno de sus más conspicuos críticos, el más acerbo, quizá. Si hemos transigido con los valores del enemigo, nos hemos convertido en el enemigo. Cuando uno se ha convertido en el enemigo de sí mismo  ¿qué queda?. La novela de Chirbes se resuelve con un suicidio. Pero es el suicidio de un anciano amargado (¿aquel bebé de La larga marcha, muchos años después?). Y sin embargo, cada nueva generación tiene derecho a luchar de nuevo, a vivir de nuevo, a reiventarlo todo. Tiene derecho a fracasar. Lo que no está claro es a qué le llamarían fracasar ahora las nuevas generaciones: ¿a no poder comprarse el último modelo de smartphone? ¿el último tablet? Apocalíptico, sí.